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viernes, 5 de febrero de 2021

La venganza es amarga



«la venganza es amarga».

En 1945, Orwell, en calidad de corresponsal de guerra, visitó, entre otras cosas, un campamento para criminales de guerra. Allí fue testigo de cómo un joven judío de Viena daba una descomunal patada al pie magullado, hinchado y deforme de un preso que había ocupado un cargo importante en el departamento político de la SS. «Sin duda (el agredido) había tenido campos de concentración bajo su mando y había ordenado torturar y ahorcar. En pocas
palabras, él representaba todo aquello que habíamos combatido durante cinco
años...
»Es absurdo reprochar a un judío alemán o austríaco que devuelva a los
nazis el mal sufrido. Sabe el cielo las cuentas que este joven quería ajustar; es muy probable que toda su familia fuese asesinada; y, al fin y al cabo, hasta un fuerte puntapié a un preso es algo insignificante comparado con los horrores cometidos por el régimen de Hitler. Pero esta escena y muchas otras que vi en Alemania pusieron de manifiesto ante mis ojos que toda esta idea de represalias y castigos es una imaginación pueril. Propiamente no existe esto que llamamos represalia o venganza. La venganza es algo que uno quisiera realizar cuando y porque uno se siente impotente: tan pronto como se elimina esta sensación de impotencia, desaparece también el deseo de venganza.
»¿Quién no habría saltado de alegría en 1940 sólo de pensar que podría ver
a oficiales de la SS pisoteados y humillados? Pero cuando ello se ha
convertido en posible, su puesta en práctica adquiere un aspecto patético y
repugnante.»
Y luego, en el mismo ensayo, Orwell cuenta que, pocas horas después de
la toma de Stuttgart, entró en la ciudad con un corresponsal belga. El belga —
¿quién podría echárselo en la cara?— repudiaba a los alemanes con más
aspereza que los ingleses o americanos.
«...Tuvimos que pasar por un puente estrecho de peatones que los
alemanes por lo visto habían defendido encarnizadamente. Un soldado caído
estaba al pie de la escalera del puente tendido boca arriba. Su rostro tenía un
color amarillento de cera...
»El belga apartó la vista cuando pasamos a su lado. Casi al final del puente, me confesó que éste era el primer muerto que había visto en su vida.
Tendría unos treinta y cinco años y había hecho propaganda de guerra cuatro años a través de la radio.»
Esta única experiencia de «llegada» fue decisiva para el belga. Su actitud
frente a los boches cambió de raíz:
«...Cuando se despidió, dio a los alemanes de la casa donde estuvimos
alojados el resto del café que habíamos traído. Seguramente, una semana antes
se hubiera escandalizado de pensar que iba a regalar café a un boche. Pero sus
sentimientos cambiaron del todo —así me lo dijo— a la vista de aquel pauvre
mort al pie de la pasarela: de repente tomó conciencia de la gravedad de la
guerra. Si, por casualidad, hubiésemos tomado otro camino para entrar en la ciudad, a lo mejor se habría ahorrado esta experiencia de ver a un único
muerto de los —quizás— veinte millones que esta guerra tuvo por resultado.»

Paul Watzlawick
El arte de amargarse la vida

Coherencia Y Cohesión


Hablar de usted, JUSTO ÁLVAREZ QUIRÓS





Muy entrados los años 70, leí una entrevista a uno de los exiliados de la guerra civil que retornaba a la España democrática. Decía que, comparando lo que estaba viendo con la España que había dejado, todo le parecía mejor excepto dos pérdidas. No le gustaba la pérdida del sabor del pollo ni la pérdida del «usted».

Tan igualitarista puede ser el trato de tú como el de usted. La lengua es un convencionalismo cuya finalidad es la comunicación. Eso sí, los valores que están detrás de una y otra fórmula son distintos. El «usted» valora más a los interlocutores y facilita la protección de la intimidad. El «tú» pierde el matiz de respeto y quita posibilidades de defensa de los terrenos en los que no se quiera entrar. Una fórmula iguala por arriba, a señores, la otra por abajo, a mindundis. La pérdida de matices, obviamente, es un empobrecimiento del lenguaje.
Cuando a François Mitterrand, ya antes de ser presidente de Francia, alguien le proponía el tuteo, respondía displicentemente: «Hágalo usted, si le es más fácil». No tiene sentido que en una relación formal, como son las de trabajo, los españoles se tuteen desde el principio. En la radio y la televisión, casi todos los entrevistadores empiezan de tú. Cuando una personalidad es tratada de usted, frecuentemente le entra el vértigo del formalismo y pide ser tuteada. En mi opinión, cometen una falta de respeto a su propio cargo. Los entrevistados en los medios suelen serlo por el cargo que desempeñan, no por su personalidad, que generalmente es irrelevante. Los medios de comunicación solamente utilizan fórmulas de respeto, más bien escasas, con las más altas jerarquías del Estado, con algunos jueces y con pocos obispos.
Nuestros jóvenes no saben hablar de usted. Ni lo practican con los profesores ni lo aprenden al estudiar las conjugaciones. No preocuparse por este detalle, por esta pérdida de matices, es conformarse con un nivel más bajo del posible. Nivel que hace muy poco tiempo había. Es mejor la calidad humana de quien es sensible a más matices y, además, es capaz de expresarlos. Es una manifestación de inteligencia, de la innata y de la aportada por el sistema educativo. Nuestros jóvenes no son capaces de tratar de usted ni a los amigos de sus abuelos la primera vez que los ven. La manifestación de respeto a personas que nos han aportado su esfuerzo y ahora son débiles no está en los usos de esta España con tanta inquietud ciudadana. La Educación para la Ciudadanía no se va a ocupar de estos detalles. En la España de la LOGSE y de las autonomías, el uso lleva a tratar de usted a quien se teme. Así, muertos de miedo tratamos de usted al médico, al abogado, al policía de tráfico y a pocas personas más.

Aceptar que nuestra enseñanza no aporte finura de espíritu tiene muchas consecuencias, todas negativas. No hay plan de I+D+i que pueda prosperar con zotes. No hay científicos ni profesionales de calidad sin una buena enseñanza primaria. ¿No se lo cree? Hace poco, tuve que contratar a un joven para tareas de comercio internacional. Entre los jóvenes con mejor currículum académico y supuesto conocimiento de idiomas, seleccioné a quince. Once iniciaron la relación con tuteo, insensibles a que yo me dirigía a ellos de usted. Esto me simplificó la labor, pues la entrevista con ellos duró poco. Finalmente, seleccioné a un hispanoargentino educado allá. Sabía presentarse y sabía estar según cánones de comportamiento aceptables por todo el mundo.

A los actuales alumnos de la enseñanza obligatoria les sería más útil la asignatura Urbanidad que la Educación para la Ciudadanía. La urbanidad es el primer y mejor ejercicio de respeto a los demás. Además, saber comportarse quita complejos para andar por el mundo y ayuda a encontrar empleo.
JUSTO ÁLVAREZ QUIRÓS

1. Redacta el tema central.
2. Indica la tesis.
3. Señala la estructura del texto.
4. Realiza un resumen.

Del Renacimiento al Barroco: Un Análisis

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