Muy entrados los años 70, leí una entrevista a uno de los exiliados de la guerra civil que retornaba a la España democrática. Decía que, comparando lo que estaba viendo con la España que había dejado, todo le parecía mejor excepto dos pérdidas. No le gustaba la pérdida del sabor del pollo ni la pérdida del «usted».
Tan igualitarista puede ser el trato de tú como el de usted. La lengua es un convencionalismo cuya finalidad es la comunicación. Eso sí, los valores que están detrás de una y otra fórmula son distintos. El «usted» valora más a los interlocutores y facilita la protección de la intimidad. El «tú» pierde el matiz de respeto y quita posibilidades de defensa de los terrenos en los que no se quiera entrar. Una fórmula iguala por arriba, a señores, la otra por abajo, a mindundis. La pérdida de matices, obviamente, es un empobrecimiento del lenguaje.
Cuando a François Mitterrand, ya antes de ser presidente de Francia, alguien le proponía el tuteo, respondía displicentemente: «Hágalo usted, si le es más fácil». No tiene sentido que en una relación formal, como son las de trabajo, los españoles se tuteen desde el principio. En la radio y la televisión, casi todos los entrevistadores empiezan de tú. Cuando una personalidad es tratada de usted, frecuentemente le entra el vértigo del formalismo y pide ser tuteada. En mi opinión, cometen una falta de respeto a su propio cargo. Los entrevistados en los medios suelen serlo por el cargo que desempeñan, no por su personalidad, que generalmente es irrelevante. Los medios de comunicación solamente utilizan fórmulas de respeto, más bien escasas, con las más altas jerarquías del Estado, con algunos jueces y con pocos obispos.
Nuestros jóvenes no saben hablar de usted. Ni lo practican con los profesores ni lo aprenden al estudiar las conjugaciones. No preocuparse por este detalle, por esta pérdida de matices, es conformarse con un nivel más bajo del posible. Nivel que hace muy poco tiempo había. Es mejor la calidad humana de quien es sensible a más matices y, además, es capaz de expresarlos. Es una manifestación de inteligencia, de la innata y de la aportada por el sistema educativo. Nuestros jóvenes no son capaces de tratar de usted ni a los amigos de sus abuelos la primera vez que los ven. La manifestación de respeto a personas que nos han aportado su esfuerzo y ahora son débiles no está en los usos de esta España con tanta inquietud ciudadana. La Educación para la Ciudadanía no se va a ocupar de estos detalles. En la España de la LOGSE y de las autonomías, el uso lleva a tratar de usted a quien se teme. Así, muertos de miedo tratamos de usted al médico, al abogado, al policía de tráfico y a pocas personas más.
Aceptar que nuestra enseñanza no aporte finura de espíritu tiene muchas consecuencias, todas negativas. No hay plan de I+D+i que pueda prosperar con zotes. No hay científicos ni profesionales de calidad sin una buena enseñanza primaria. ¿No se lo cree? Hace poco, tuve que contratar a un joven para tareas de comercio internacional. Entre los jóvenes con mejor currículum académico y supuesto conocimiento de idiomas, seleccioné a quince. Once iniciaron la relación con tuteo, insensibles a que yo me dirigía a ellos de usted. Esto me simplificó la labor, pues la entrevista con ellos duró poco. Finalmente, seleccioné a un hispanoargentino educado allá. Sabía presentarse y sabía estar según cánones de comportamiento aceptables por todo el mundo.
A los actuales alumnos de la enseñanza obligatoria les sería más útil la asignatura Urbanidad que la Educación para la Ciudadanía. La urbanidad es el primer y mejor ejercicio de respeto a los demás. Además, saber comportarse quita complejos para andar por el mundo y ayuda a encontrar empleo.
JUSTO ÁLVAREZ QUIRÓS
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